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Ginger Ale arrancó en 2018. Antes de eso ya había tenido otra marca —a los 21, con mi viejo— y después me pasé un tiempo haciendo producto terminado para otros. Aprendí un montón, pero siempre quise tener lo mío.
Cuando me echaron del trabajo no busqué otro. Junté lo que tenía (no era mucho, $10.000) y empecé a hacer las prendas que yo quería usar y no encontraba. Buzos oversize. Hoodies con peso. Cortes amplios sin que el género importe demasiado.
Soy diseñador de indumentaria. Suena obvio para una marca de ropa pero no lo es: la mayoría de las marcas de streetwear en Argentina se arman comprando producto hecho, importando o adaptando moldes ajenos. En Ginger cada prenda empieza en un cuaderno, sigue en la pantalla y termina en tela. Moldería propia, estampas originales, telas elegidas a mano, terminaciones que no se ven hasta que las tocás. Nada es copia. Eso me obsesiona y es lo que vas a sentir cuando recibís algo nuestro.
Hace ocho años de eso. Pasaron una pandemia, varias crisis, cuotas que volvieron y se fueron, dos hijas, mil cafés que se enfriaron mientras armaba pedidos. Ginger sigue acá porque cada drop arranca igual: yo, una mesa y una idea.
Nuestra cabeza está en un lugar específico. La cultura pop con la que crecimos. Los animes que mirabas cuando volvías del colegio, los partidos jugados con la camiseta de tu jugador favorito, los videojuegos en cartucho, las películas que veías un domingo con la familia. Eso es la memoria pop — y le sumamos un guiño japonés porque buena parte de esa nostalgia viene del otro lado del mundo.
Ginger Ale es oversize sin género porque la ropa no debería venir con libreta de instrucciones. Es comfy porque te lo vas a poner mañana también. La hacemos en Argentina, en Vicente López, con la idea de que cada prenda te marque como te marcaron las que tenías de chico.
Si estás acá leyendo, gracias. Esto sigue siendo posible porque vos elegís.